Con el paso de los años y las cicatrices que se han borrado siento que no he vivido, tengo la vida, la sé mía sin duda y aún así no es suficiente. Risas, llantos, caídas, levantadas, arriba y abajo, siempre. Todo sentimiento, todo a flor de piel, pero sin locura, sin desatarme aún. La mirada cabizbaja, el cuerpo tranquilo, sin respirar de más, sin sentir con más fuerza. Los años se van, se alejan, sigo sin perder la cabeza y es que tal vez vivir de más y más aprisa no es para mí, porque aquí la vida pasa lenta, silenciosa, con alguna gran sonrisa esbozada en mis labios de vez en cuando, pero vuelvo, vuelvo a mi aire lento, a los días de sol que cansan y los días de lluvia que deprimen. Todo miedo, todo sensatez. Y si por equivocación llegara a desviarme de mi camino para acariciar con la punta de mis dedos aunque sea un poco de esa chispa de locura que ustedes poseen, regresaría a mi fiel seguridad, a mi futuro nada incierto, sintiendo culpa, sufriendo mi error. Porque ni el sol, la lluvia, los años o los días me dejan tener más libertad, más de la que ya tengo. “Sin desatarme aún”. Realmente no sé si estas palabras tengan significado para mí, no sé si en mi cuerpo quepa el desato, o si pueda esperar la llegada del “aún”. Mi fiel conciencia, mi amiga, la que no me deja ir más allá de donde dicen que debo, la que no me deja equivocarme, la que me hace vivir sin consecuencias. Ella es mi amiga, me acompaña, y mientras oiga las voces traviesas de quienes me cuentan sus aventuras sin vergüenza debido al gran regocijo que les trajo en un principio, mi amiga me dirá de cerca y al oído que soy y seré diferente, que a salvo estoy, que he actuado bien, porque la delicia de la locura no es para mi, porque mujer de bien he de ser. Ella es mi amiga, o así me lo hace creer. Ella se dice mi amiga.